Antoni Gaudí: arte religión y naturaleza

La hornacina en la licitación del próximo día 18 representa un claro ejemplo del misticismo del legado gaudiniano

La obra de Antoni Gaudí supuso una completa revolución en el campo de la arquitectura y las artes decorativas, pasando a la historia como uno de los arquitectos más determinantes de todos los tiempos. Máximo exponente del modernismo catalán, su obra representa un verdadero icono que, pese a permanecer  por siempre unido a la imagen de Barcelona, ha logrado alcanzar un prestigio y admiración que no entiende de fronteras ni culturas. La huella de su legado artístico nos habla de una época en la que la ciudad condal manifestó su espíritu más  libre e  imaginativo, apostando por los creadores más vanguardistas, que como Gaudí, hicieron realidad el sueño de construir una Barcelona nueva.

Influenciado por las teorías wagnerianas de la obra de arte total, Gaudí concibió su trabajo bajo la idea de integrar todas las artes en una unidad superior indivisible, donde la arquitectura, la escultura el diseño y las artes aplicadas serán una prolongación las unas de las otras. Bajo este precepto, todos y cada uno de los elementos serán cuidados hasta el extremo con el fin de alcanzar una belleza que solo podían encontrar mediante la perfecta coherencia y conjunción de la unidad en el todo.

En este sentido, la importancia que Gaudí prestará a los diferentes elementos arquitectónicos y decorativos se palpa en el diseño que sigue la hornacina que nos ocupa, cuya notable factura transluce en cada detalle que ornamenta la talla dorada. En ella, se conjugan diversos de los aspectos que conformaron el ideario estético e iconográfico gaudiniano, relacionados íntimamente con su fervor espiritual y amor por el mundo natural. La parte inferior protagonizada por un querubín de alas abiertas arranca con una estructura decorada con motivos de roleos entrelazados. Entorno a la pequeña hornacina que le prosigue, se desarrolla sin interrupción un continuo de formas acaracoladas y ondulantes culminadas con la figura de una ninfa alada que, envuelta en exuberantes ramilletes florales, emerge sobre una concha venera.

El profuso interés por lo ornamental latente en esta pieza será el denominador común de las artes modernistas, cuyos espacios y superficies se saturarán de toda clase de estímulos caracterizados por un gran sensualismo visual. Su estética dominada por el dinamismo de las formas ondulantes y sinuosas de la naturaleza romperá con la rigidez estructural del gótico, del que Gaudí, pese a compartir la idea de verticalidad como conexión entre el mundo terrenal y el celestial, se alejó para defender  la curva como la línea  de Dios, frente a la línea recta  del ser humano.

La evidente carga simbólica se manifiesta en esta pieza bajo una iconografía típicamente gaudiniana en la que ya podemos detectar los ejes que vertebraran su pensamiento y particular visión del mundo. Por un lado, su profunda entrega a la fe católica trasciende a través de elementos como la concha venera, cuya presencia nos recuerda que nuestra vida debe ser un constante peregrinar tras las huellas de Jesús. El dogma cristiano, queda reforzado con la figura del querubín que, como mensajero de Dios, nos acerca a la fe del creador, recordando a la humanidad su gloria divina.

El contenido religioso se complementa con un repertorio de formas y elementos tomados de la Naturaleza que, como fuente primigenia de su arte, se convertirá, tal y como él mismo afirmó, en su mejor maestra. Entendida como la cumbre de la obra divina, Gaudí encontró en ella los principios que rigieron su obra, alcanzando una expresividad mística a la que solo podía acceder mediante la aplicación de las leyes orgánicas de la naturaleza. De este modo, los diversos elementos vegetales y florales, en conjunción con las formas orgánicas que se despliegan, logran conectar e identificar la práctica artística como parte de la creación natural y, por tanto, en un reflejo de lo divino. Las referencias al mundo natural culminan con la ninfa que corona la estructura, cuya condición de ser mágico que nace y custodia los bosques, representa en sí misma una alegoría de la naturaleza.

Siguiendo diseños de ANTONI GAUDÍ (Reus o Riudoms, Tarragona, 1852 – Barcelona, 1926). Hornacina, ca.1900-1905. Subastado en Setdart.com

El talento de Gaudí y su repercusión dio luz a una época de esplendor para las artes: técnica, estética y religión se unieron magistralmente evocando siempre a la madre naturaleza como símbolo por excelencia de la creación divina. Una fortuna, la nuestra, que fuera en Barcelona donde  cristalizó  la infinita  imaginación de este genio