Mimmo Rotella y el décollage: la destrucción del imperio de la imagen

La fructífera relación entre el cine y las artes plásticas late en el imaginario creativo de artistas  como Picasso, Dalí, Chagall o Mimmo Rotella, quienes encontraron en el séptimo arte su verdadera musa inspiradora.

Rotella, artista de origen calabrés, es considerado unos de los referentes más importantes e influyentes del arte contemporáneo posterior a la década de los noventa. Pese a que muy a menudo se le ha señalado como el Warhol italiano, etiquetarlo bajo los preceptos del pop americano comporta una lectura superficial e incompleta de su obra que no se corresponde con la dimensión crítica implícita en ella. De hecho y pese a utilizar un imaginario que comparte con el pop art, fue  precisamente  este componente crítico el que lo acercó al mundo ideológico de los Nuevos Realistas que vieron en el arte una forma de sacar al hombre de su ensimismamiento y hacerle reflexionar sobre los peligros de la alienación en el sistema capitalista.

Tras sus primeras experiencias artísticas en el campo de las vanguardias bajo la órbita de una abstracción heredera de artistas como Kandinsky o Mondrian, Rotella abandona París para instalarse en Estados Unidos donde tuvo la oportunidad de conocer a la flor y nata de las nuevas corrientes artísticas que  como el Pop art y el expresionismo abstracto incorporaría a su bagaje artístico. A su regreso a Roma en el año 1953, Rotella se reafirma en su idea sobre la pintura como un medio expresivo cuyas posibilidades habían quedado totalmente obsoletas. Fue entonces cuando, el crítico Pierre Restany le invitó a unirse al colectivo de los Nouveau Realisme, junto a otros artistas  de la talla de Tinguely, Yves Klein, Spoerri o Arman. Todos ellos centraron sus investigaciones en las posibilidades plásticas y estéticas del objeto cotidiano  para crear un nuevo tipo de realismo cimentado sobre la imagen de la sociedad moderna.

Consciente del creciente poder que los mass media habían adquirido tras la Guerra Mundial  y de su impacto en el espacio urbano, Rotella vio en los carteles publicitarios de la cultura de masas y el celuloide, un perfecto icono de la nueva comunicación visual, cuya  naturaleza, más  acorde al signo de su tiempo, los convirtió en el elemento vertebrador de su producción. De este modo, germinó la que fue su seña de identidad más preciada y que en una clara oposición al collage, el artista denominó bajo el termino décollage. En ellos, el proceso de construcción de una nueva imagen mediante la adhesión se invierte por completo dando paso a una obra que concibe a partir de la sustracción de los retazos que  ha rescatado de la degradación.

Mimmo Rotella

Pese a que no fuera el primero en experimentar con este procedimiento, Rotella, a diferencia de sus compañeros, sí que procedía a intervenir sus carteles mediante las modificaciones y rasgaduras de fragmentos que después recomponía para crear una nueva realidad en la que ya se anuncia el arte poveda. En este sentido, el  proceso de deterioro al que el cartel se ha visto expuesto le concede nuevas capacidades plásticas en las que entra en juego la idea de arte arrancado de las masas  frente al arte arrancado por las masas, contraponiendo la idea de apropiación y destrucción.

Los antiguos carteles cinematográficos adquieren, una vez arrancados de las paredes,  una nueva significación que gira en torno a la idea de una sociedad que se dirige a pasos agigantados a su destrucción. Desgastándose, mezclándose y confundiéndose como los fragmentos que conforman  la composición, asistimos  al deterioro de algo que brilló durante una época del mismo modo que lo hicieron las grandes estrellas de Hollywood hasta que fueron desechadas por una sociedad capaz de encumbrarlos y olvidarlos con la misma rapidez con la que nos deshacemos de un producto de consumo. Este es el caso del décollage en licitación correspondiente al de la película protagonizada por John Wayne, Rita Hayworth y Claudia Cardinale, “Le plus grand cirque du monde”, donde la epopeya glamurosa que durante los años 50 y 60 empoderaba a sus estrellas, queda reducida a una fantasía  del pasado, que desdibujada  y opacada, se convierte en una víctima más de un mundo cada vez más estandarizado y globalizado.

Componiendo una nueva versión de la realidad desprovista de cualquier idealismo, sus décollages han trascendido como una elocuente reflexión sobre la omnipresencia de la imagen en  la cultura actual, donde la fragilidad, el paso del tiempo y el carácter efímero de las modas se transforman en un símbolo del deterioro capitalista que pone al descubierto una imagen de la sociedad erosionada y fagocitada por el propio sistema.

Referencias externas a urnas romanas

Museo del Prado

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