LA TENTACIÓN DE SAN ANTONIO, 1946

Bajo un cielo azul amenazado por densas nubes, el Sol queda eclipsado tras un extraño desfile de elefantes. Portan sobre sus lomos tesoros y mujeres lujuriosas tentando a San Antonio Abad. Éste aparece desnudo en el ángulo inferior izquierdo, empuñando una cruz frente al caballo encabritado que dirige la comitiva diabólica.

Salvador Dalí retoma aquí un episodio bíblico que fue muy tratado en época medieval, y renacentista, recuperándose asimismo en el arte simbolista del siglo XIX. El pintor ampurdanés volcó en él sus propios demonios y obsesiones.
Cuenta la leyenda que cuando Antonio Abad cumplió veinte años, vendió sus propiedades y se adentró en el desierto egipcio para llevar vida ascética. Allí, tras meses de meditación en absoluta soledad, fue visitado por el Diablo que lo cameló con tentaciones materiales y carnales.
Cada época representaría el mal con simbolismos propios. Si Quinten Massys le puso rostro de bruja anciana, y por el cuadro de El Bosco desfilaron todo tipo de criaturas grotescas, en la obra de Dalí (a diferencia de la versión que hizo su coetáneo Max Ernst) no hay guiño alguno al bestiario medieval, destacando entre las figuras que tientan a su desvalido eremita las mujeres desnudas de generosas curvas que se ofrecen sin pudor.
Los elefantes de larguísimas patas cargan arquitecturas fantásticas revestidas de oro, en una de cuyas hornacinas se exhibe lasciva una mujer. El primero de sus elefantes cargando un obelisco es un homenaje a la escultura de Bernini emplazada en la piazza della Minerva de Roma, heredando su alusión a la sabiduría, tal y como se recoge en “El sueño de Polífilo”.
Dalí fue a menudo críptico en la transcripción de sus sueños e interpretaciones alegóricas, pero a grandes rasgos cabe identificar aquí al caballo con la sed de poder, a la casa de oro con la avaricia, a la torre que se pierde entre las nubes con la hybris o desmesura.
Más ambiguos son los personajes que observamos en la lejanía, uno de ellos sosteniendo una cruz. Aún más lejos se divisa un padre con su hijo. Dalí se distanció de su padre en su juventud y es posible que la reincidencia de la figura paternal en pinturas de esta época (véase Vestigios atávicos después de la lluvia) deplore esta pérdida.
Las nubes cambiantes transcriben los altibajos anímicos, los contratiempos a atravesar para alcanzar la plenitud espiritual.
El desierto, lugar donde el relato bíblico sitúa las vicisitudes de Antonio Abad, es propicio para el despliegue de ensoñaciones y espejismos, en lo que Dalí fue un gran maestro.
Dali_2
dali_1