Courbet
Written by anaad

Gustave Courbet, claro de bosque

Courbet

Obreros y campesinos fueron los grandes protagonistas de los cuadros de Gustave Courbet. La empatía que expresaba hacia las clases humildes se dejó sentir no sólo en las escenas donde la crítica contra la injusticia social es evidente, sino también en escenas aparentemente bucólicas como esta.

Porque, en este claro de bosque (La Clairière, num. 35119053) un singular misticismo emana de la naturaleza, espiritualidad que se contagia al pastor y lo orla de una cadencia mágica. Nos parece respirar el hondo silencio del momento. Incluso las ovejas transmiten cierta mística de la inmanencia.

Nubes bajas tiñen el campo de sombras oscuras, alternándose los verdes y los ocres en ricas sinfonías tonales. De factura abocetada y trazo sintético, el pintor elude la descripción pormenorizada en beneficio de la impresión del conjunto, adelantándose al impresionismo.

Pero a diferencia de los impresionistas, Courbet no persigue lo huidizo de la naturaleza sino lo inmanente que en ella se manifiesta.

GUSTAVE COURBET (Ornans, Francia, 1819 – La Tour-de-Peilz, Suiza, 1877).

“La Clairière”.

Óleo sobre lienzo.

Firmado “G. Courbet” en el ángulo inferior izquierdo.

Obra examinada y autentificada por Jean-Jacques Fernier (autor del catálogo razonado de Gustave Courbet y fundador del Musée Courbet de Ornans) y Sarah Faunce (co-autora del catálogo razonado del artista) en 2007 (según información de Christie’s).

Historia: Perteneciente a una importante colección privada europea; vendido en Sotheby’s, Nueva York, en 2007 (lote 147).

Medidas: 41 x 63 cm.; 56 x 78 cm. (marco)

Gustave Courbet nació en el seno de una familia acomodada de Ornans, un pueblo cercano a Besançon, en Francia, y llegaría a ser uno de los principales representantes del realismo pictórico, comprometido con el movimiento socialista, revolucionario y republicano. Aunque su familia pretendió encaminarlo hacia una carrera de leyes, una vez en París, Courbet, que desde muy joven había mostrado interés por el arte, se volcó en la pintura. A lo largo de 1840 visitó asiduamente el Museo del Louvre, realizando copias de los grandes maestros de la historia. La influencia de Tiziano, Caravaggio, Velázquez o Zurbarán sería intensa y duradera, pudiendo rastrearse a lo largo de toda su carrera. A finales de la década de 1840 viajaría a Bélgica y Holanda, descubriendo así a maestros como Frans Hals o Rembrandt, cuyo tratamiento de la luz, el color, la pincelada o la psicología de los personajes incidirían poderosamente en su estilo. Ya en 1846 redactaría, junto con Bouchon, un primer manifiesto en el que arremetían contra el romanticismo y el neoclasicismo, una pintura que huía de la realidad para viajar a la Antigüedad o a tierras exóticas, olvidando las reivindicaciones y la realidad de los franceses de mediados del siglo XIX. Entre sus amistades y contactos se contaban, en esos años, personajes como Baudelaire, Corot o Daumier, artistas y literatos críticos y comprometidos con las reivindicaciones y la construcción del hombre y el artista moderno, insertado en su propia época y las problemáticas derivadas de ella. Como demuestra la importante pintura El taller del pintor, que Delacroix calificaría de “una de las obras más singulares de este tiempo”, en el obrador del artista se reunían personalidades como el crítico Champfleury, los poetas Baudelaire, Bainville o Muerguer, el pintor Bonvin o el filósofo Proudhon. En 1855 mostró algunas de sus obras en la Exposición Universal de París, pero las críticas negativas del jurado le impulsaron a inaugurar una exposición individual, en un espacio que tituló “Pabellón del Realismo”. Con esta exposición el pintor huía de los conductos oficiales del arte del momento y abría el camino a la autogestión e independencia de los artistas que sería esencial para las vanguardias de finales del siglo XIX y principios del XX. Courbet mantuvo, a lo largo de toda su vida, una actitud independiente y reivindicativa, rechazando, por ejemplo, la medalla de la Legión de honor, que le fue otorgada, y participando en el breve gobierno de la Comuna de París, en 1871. Tras la caída del gobierno revolucionario se vio obligado a huir a Suiza, donde murió, víctima de una cirrosis provocada por su alto consumo de alcohol.

Su recorrido pictórico se articula en cuatro etapas clave. El periodo de su juventud (1833-1848) lo dedica a la aproximación con la pintura. Se trata de una etapa de introspección y conocimiento en la que, como hemos indicado, toma contacto con los grandes maestros del pasado y pinta, principalmente, paisajes y autorretratos de gran énfasis.

En la que podemos considerar su segunda fase (1848-1855), concurre habitualmente a los salones oficiales, y traba una buena relación con el crítico de arte Champfleury. Realizará algunas de sus obras de temática más comprometida, como “Los picapedreros” (1849), donde denuncia el trabajo infantil, no siempre bien acogidas por el público. Pese a esto, cabe destacar su conexión con Alfred Bruyas (1821-1877), coleccionista de gran poder adquisitivo que se convertirá en el mecenas del artista.

Durante los años 1856 y 1870, Courbet logra formalizar un grupo de simpatizantes que defenderán su obra y promoverán su difusión. Continuará exponiendo en el Salón, de forma habitual y continuada y concurriría a las Exposiciones Universales, aunque, como hemos indicado, no siempre obtendría el favor del jurado. La tercera etapa de Courbet se relaciona con la caída del Segundo Imperio y con su nombramiento como Presidente de la Federación de artistas en el marco del gobierno de la comuna.

El legado del artista sería recogido por otros pintores como Carolus Duran (1837-1971), Edouard Manet (1832-1883), James McNeill Whistler (1834-1903) o Renoir (1841-1919).

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