Written by anaad

Murillo en subasta en Setdart

La advocación mariana de la Dolorosa, especialmente popular durante el barroco español, alcanzó de la mano de Murillo las más altas cuotas expresivas al aportar cercanía e intimismo al dramático episodio de la Pasión. En el lienzo que aquí presentamos, el tema se imbuye de gran sentimiento a la par que calidad artística. El catedrático Enrique Valdivieso certifica la autoría plena de Murillo, aunque probablemente ayudado por oficiales de su taller. Siendo un tema que le fuera al maestro tan reclamado por clientela sevillana de la época, era común que artistas de su obrador lo ayudaran, pero la calidad del conjunto denota la mano del maestro. Valdivieso precisa que debió existir un prototipo de Dolorosa (hoy perdido) del que la creciente demanda le llevó a realizar réplicas para particulares, siendo ésta una de ellas. Si la comparamos con la Dolorosa conservada junto un Ecce Homo en el Museo del Prado (era usual representar madre e hijo en el episodio previo a la Crucifixión en dos cuadros distintos, a modo de díptico), apreciamos claras similitudes en el recogimiento expresivo, los carnosos labios entreabiertos, los ojos brillantes en el umbral del llanto… Aquí, sin embargo, vemos a María casi de cuerpo entero, mirando de frente, deslizándose la luz sobre sus suaves facciones, enfatizando el trabajo lumínico los matices del dolor sostenido, frente a la penumbra que envuelve la figura y le otorga consistencia escultórica, con los amplios juegos de la túnica azul y el velo blanco. Al fondo, la luz regresa abriéndose para construir el lírico apunte paisajístico. Se aprecia el tipo de Virgen, de gran dulzura y naturalismo, propia del maestro, así como un cromatismo basado en sutiles gradaciones que consiguen crear una magistral perspectiva aérea, acompañada del empleo de tonalidades transparentes y efectos luminosos resplandecientes. También es propia del maestro la interpretación cercana y humana, netamente contrarreformista, así como con su intensidad expresiva, que conecta directamente con el fervor popular a través de un lenguaje basado en el conocimiento

 

BARTOLOMÉ ESTEBAN MURILLO (Sevilla, 1617 – Cádiz, 1682) y taller.
Dolorosa, segunda mitad s.XVII.
Adjunta certificado realizado por Enrique Valdivieso González, catedrático de Historia del Arte de la Universidad de Sevilla.
Óleo sobre lienzo.
Reentelado.
Medidas: 104 x 81 cm; 111 x 88 cm (marco).

De la infancia y juventud de Murillo poco se sabe, salvo que quedó huérfano de padre en 1627 y de madre en 1628, motivo por el que pasó a ser tutelado por su cuñado. Hacia 1635 debió iniciar su aprendizaje como pintor, muy posiblemente con Juan del Castillo, quien estaba casado con una prima suya. Esta relación laboral y artística se prolongaría unos seis años, como era habitual en aquella época. A partir de su matrimonio, en 1645, se inicia la que será una brillante carrera que progresivamente le fue convirtiendo en el pintor más famoso y cotizado de Sevilla. El único viaje del que se tiene constancia que realizó se documenta en 1658, año en que Murillo estuvo en Madrid durante varios meses. Puede pensarse que en la corte mantuvo contacto con los pintores que allí residían, como Velázquez, Zurbarán y Cano, y que tuviese acceso a la colección de pinturas del Palacio Real, magnífico tema de estudio para todos aquellos artistas que pasaban por la corte. Pese a las pocas referencias documentales respecto a sus años de madurez, sabemos que gozó de una vida desahogada, que le permitió mantener un alto nivel de vida y varios aprendices. El haberse convertido en el primer pintor de la ciudad, superando en fama incluso a Zurbarán, movió su voluntad de elevar el nivel artístico de la pintura local. Por ello en 1660 decidió, junto con Francisco Herrera el Mozo, fundar una academia de pintura de la que fue el principal impulsor. Su fama se extendió hasta tal punto, por todo el territorio nacional, que Palomino indica que hacia 1670 el rey Carlos II le ofreció la posibilidad de trasladarse a Madrid para trabajar allí como pintor de corte. No sabemos si tal referencia es cierta, pero el hecho es que Murillo permaneció en Sevilla hasta el final de su vida. Actualmente se conservan obras suyas en las pinacotecas más importantes del mundo, como el Museo del Prado, el Hermitage de San Petersburgo, el Kunsthistorisches de Viena, el Louvre en París, el Metropolitan de Nueva York o la National Gallery de Londres, entre muchos otros.

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