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Y la nave va… Caronte, Noé y ecópolis en alta mar

A.Bocklin

A.Bocklin

En nuestro imaginario el barco se impregna de resonancias míticas a las que cada época añade nuevas capas de sentido. Así, el vagar eterno al que se condenaba a los locos puede funcionar como  metáfora de la figura errante concretizada en el expatriado al que se le impide atracar en puerto alguno. El barco como Arca de Noé construida para salvar a unos pocos de la hecatombe planetaria se materializa hoy en la previsión de ciudades flotantes high-tech como Lilypad. Y como Barca de Caronte sigue proponiendo viajes iniciáticos hacia la luz o descensos en el averno, actualizando en cada caso viejas preocupaciones metafísicas.

La patera ofrece un modelo sincrético entre esas tres figuras metafóricas: zarpa como promesa redentora, se transforma en manicomio flotante y termina en tránsito hacia el Hades. Noticias recientes sobre reyertas de taberna barnizadas de guerra santa constatan la exacerbación de la épica más grotesca que se condensa entre muros de mar. Anécdotas sobre peleas a bordo que ahorran tener que dar cuenta de otras noticias que por cotidianas ya casi dejan de serlo, relacionadas con las medidas cada vez más criminales tomadas desde la Fortaleza Europa.

La partida como regreso a uno mismo

Peter Doig

Peter Doig

Arnold Böcklin proveyó al arte de una imagen icónica de esa Isla de los Muertos (1880) a la que eran trasladadas las almas. Tema romántico por excelencia, las versiones pictóricas de Böcklin encuentran su réplica en los inquietantes paisajes con canoa de Peter Doig. En 100 years ago (2001), un personaje espectral ocupa una pequeña embarcación que se recorta frente a una isla. La similitud compositiva con el pintor simbolista es evidente, pero Doig despliega una compleja trama de referencias fílmicas y musicales que se enmarañan con la geografía real (la isla-prisión de Carrera) y con sus propios recuerdos. Trascendencia e irreverencia pop se hermanan en los paisajes lacustres por el modo en que la memoria transmuta sus vivencias de infancia en Trinidad, connotando los recuerdos con  atmósferas de thriller de serie B.

El Arropiero

El Arropiero

En sus pinturas, la luz caribeña se empaña, el lago se espesa como en la literatura de E.A.Poe., donde el agua deja de ser sustancia de vida para prefigurar la muerte. “Contemplar el agua es derramarse, disolverse, morir”, escribe Bachelard acerca de lo que define como complejo de Caronte.

Ríen los dioses es uno de los dibujos que El Arropiero realizó en la cárcel de Carabanchel (1). La composición también se asemeja a la de Böcklin, pero la representación naïff de un velero meciéndose sobre un manto azul cercado de despeñaderos no está teñida de sombras. El tránsito hacia otra dimensión es en este caso sinónimo de liberación. Parece que este Robinson de los Loqueros de época franquista se inspiró en uno de los relatos de Jack London sobre un buque condenado a errar en alta mar. También él erraba de celda en celda de aislamiento, pero su mente outsider rompía simbólicamente el confinamiento con la figura del barco como elemento redentor.

Amparo Sard

Amparo Sard

Un barco es una isla a la deriva, símbolo de una travesía solitaria, de un viaje introspectivo. Por el contrario, la visión de un buque estancado del que sólo sobresale medio casco, con la proa apuntando al cielo, nos remite a la idea de naufragio. Pero Amparo Sard inscribe esta imagen en  aquel lapso de tiempo calmo que sucede a la tormenta. El barco inmóvil en un mar sin olas es para la artista una cápsula de impasse (2009), como lo es el gesto de ahuecar las manos para tapar el rostro. Con ese gesto, las manos conforman balsas que nos aíslan del océano social. Los brazos entrelazados en forma de flotador sugieren otra metáfora náutica: la necesidad de protección e insularidad, la suspensión del pensamiento en un espacio sin tiempo. La técnica que emplea Sard, calando el papel y la escultura con punzones, acentúa la sensación de fragilidad de esos impasses de precario equilibrio en los lindes del naufragio personal.

David Nash también vincula el navío al retorno al hogar más que a la partida. Sus vessels, que etimológicamente refieren tanto la idea de contenedor como la de embarcación, se inscriben en troncos de árboles enraizándose así en un lugar concreto. Evocaciones megalíticas cuyas incisiones en forma de barco se relacionan con una práctica ancestral de los aborígenes australianos: cuando salen a pescar es costumbre entre ellos recortar un trozo de corteza en forma de canoa. La incisión forma en el tronco el dibujo de un barco con la punta mirando hacia abajo. Con esa imagen-amuleto invocan su regreso.

Microcosmos de naturaleza artificial

El barco era para Foucault “la heterotopía por excelencia”: “pedazo flotante de espacio, un lugar sin lugar, que vive por él mismo, cerrado sobre sí y al mismo tiempo librado al infinito del mar  que, de puerto en puerto, de orilla en orilla, de casa de tolerancia en casa de tolerancia, va hasta las colonias a buscar lo más precioso que ellas encierran en sus jardines”.

Robert Smithson

Robert Smithson

En 1970, Robert Smithson concibió la idea de encerrar un jardín en un navío, haciendo del no-lugar flotante un nuevo hogar para esa parcela de mundo, oasis de naturaleza artificial inserto en el caos de la ciudad. Debía contener una amplia selección de la flora local remolcándose por el río, dando vueltas alrededor de Manhattan. Microcosmos edénico entre rascacielos, Floating island expresaba el interés reiterado del artista por construir ínsulas desnaturalizadas, espacios deslocalizados que se definen por oposición a otros emplazamientos (retomando el léxico foucaultiano).

La previsión de catástrofes medioambientales planetarias ha acicateado la creatividad de arquitectos e ingenieros, propiciando proyectos visionarios de Arcas de Noé para refugiados climáticos del futuro. Las ecópolis insulares en forma de nenúfares imaginadas

Lilypad

Lilypad

por Vincent Callebaut llevan al cenit tecnológico los desplazamientos de Smithson. Concibe Lilypad como ciudades-isla que se moverían a merced de las corrientes oceánicas conformando archipiélagos nómadas. Por supuesto, sólo una élite de multimillonarios sobrevivirán en el planeta post-apocalíptico.

Lucubraciones más o menos delirantes que parecen salidas de la pluma de Arno Schmidt, dadas las concomitancias con el refugio postnuclear que describió en forma de buque propulsado por hélice. Su República de los Sabios (1957) es una isla artificial, albergue de los “mejores” científicos y artistas que habrían parido las superpotencias mundiales tras la 2ª G.M. Schmidt pone en solfa la tradición del pensamiento ilustrado, con guiños satíricos a la República de Platón, a la Bensalem de Bacon y a la Isla de Hélice de Julio Verne. En este barco el saber asociado al poder conduce a la autodestrucción, invirtiéndose así el ideal del progreso amparado por aquella tradición. El tráfico de cerebros precipita la debacle, cuando el babor comunista fuerza sus máquinas hacia tierras orientales y el estribor estadounidense presiona la isla en sentido contrario hasta el estallido final. “Si se tendiera sobre la isla un toldo sería el circo más grande del mundo”, confiesa el periodista que con sorna va describiendo una sociedad en la que el prestigio de un artista fluctúa a merced de alianzas entre partidos políticos. De ahí que las estatuas ecuestres que se les erigen tengan las cabezas desmontables.

De comunidades libertarias a cárceles oligárquicas

PSJM

PSJM

Y es que toda utopía tiende a la entropía, como sugieren en La isla de hidrógeno (2011) el colectivo de artistas PSJM. Separadas por océanos pero unidas por  redes de tecnología molecular, cada isla está especializada en determinadas investigaciones, así que artistas y científicos viajan de una a otra según las actividades en curso. Inteligencia, energía y creatividad distribuidas. Las decisiones se toman de modo horizontal. Llaman a su época “era empática de emisión 0”. La empatía, elemento de cohesión social, es el bien más preciado y los cerebros que carecen de ella son operados. Los explotadores son neutralizados, las grandes corporaciones y sus negocios turbios desaparecen. Nadie envidia al otro, pero sólo en apariencia.

El archipiélago de islas autogestionadas que proponen PSJM podría ser escenario ideal en el que Patri Friedman ensayara sus anheladas comunidades autónomas, si no fuera porque la presunta armonía comunitaria depende de la eliminación eventual de los que pudieran minar esa ilusión.SEASTEADING

Friedman es el promotor del Seasteading Institute, centro de proyectos destinados a la colonización del mar mediante comunidades flotantes en las que impere la libre competencia política. Ello generaría una “geografía dinámica”: si los residentes en cierta isla estuvieran descontentos con sus representantes, podrían cambiar de isla sin trabas burocráticas.

Aunque las pretensiones de Friedman no sean fomentar seasteading de lujo se prevé que estas aldeas acuáticas estén dotadas de piscifactorías, resorts, casinos y clínicas especializadas. Sus sueños anarcoliberales están acolchados por millonarios como Peter Thiel. Sobre el papel esta iniciativa utópica no sólo se propone eludir impuestos sino liberar patentes para incentivar la investigación y zafarse del yugo de la falsa democracia, pero si algún día llega a realizarse sólo estará al alcance de selectos grupos empresariales que probablemente acabarían convirtiendo estos enclaves autogobernados en nuevos paraísos fiscales.

Cualquier empresa mesiánica acaba traicionando sus propios principios, como ocurre a la élite de gurús tecno-místicos que dirigían desde la sombra las islas de hidrógeno de la citada novela.

Los vastos océanos, en sus límites difusos de coordenadas imprecisas, siguen atesorando zonas exentas de regulación, inspirando utopías piratas como la auspiciada por Federico Guzmán con Copilandia (2006). Congregó en un barco a artistas de todo el mundo coligados por la comprensión de que la cultura sólo se mantiene viva con el libre intercambio de ideas e imágenes. Fue Zona Temporalmente Autónoma, liberada de la propiedad intelectual, en la que tomar, copiar, descargar, canjear y regalar fueron las acciones más frecuentes. La iniciativa nos recuerda la época de las estaciones de radio piratas que transmitían desde buques anclados en aguas internacionales para burlar las licencias.

EL BARCO DE LOS LOCOSEl barco evoca la imagen de una comunidad libertaria que pueda desarrollarse fuera del radio de control de cualquier Estado. Pero también sugiere la imagen inversa: la de una tripulación arrastrada hacia su perdición por el afán de poder de unos pocos.  En el breve relato El Barco de los Locos, Unabomber (Théodore Kaczynski) describe una travesía hacia el Ártico, en el transcurso de la cual los marineros reclaman derechos básicos (mantas para el frío, sueldos…) que los oficiales hacen ver que conceden pero nada cambia. El grumete es el único que se da cuenta de lo absurdo de estas peticiones, pues el barco se está dirigiendo hacia un naufragio seguro. Habla de la necesidad de amotinarse para virar el rumbo, pero siendo su papel insignificante dentro de la estructura jerarquía de a bordo, nadie le hace caso. La alegoría termina con la colisión del barco entre dos icebergs y su hundimiento.

El grumete sería el alter ego de Unabomber y su espíritu revolucionario, para quien la quiebra general de la autoestima y el sufrimiento psicológico es causado por el sistema tecnológico-industrial, cuyo “progreso” coarta cada vez más la libertad y la autonomía.

Carlos Uriondo equipara la represión de una tripulación al mando de un capitán voraz con el avance impotente de la humanidad sobre las olas del capitalismo. En el Pequod planetario, una élite financiera ocupa el lugar de Ahab, condenando al hambre y a la precariedad laboral a gran parte de los tripulantes, con la diferencia de que su obcecación megalómana por devastar la naturaleza no conserva un ápice de la nobleza heroica del personaje de H. Melville.

En el acotado terreno de un barco todo se polariza, la utopía de libertad y la angustia del aislamiento, la ciudad ideal y la distopía oligárquica, la ilusión del viaje y la sensación de estancamiento.

En él se condensan en potencia todos aquellos emplazamientos heterotópicos que Foucault definía por analogía u oposición a los lugares comunes de convivencia, sean zonas de exclusión (prisiones, psiquiátricos, cementerios o antesalas de la muerte…) o microcosmos que compendian en miniatura la naturaleza y el saber. Ambos extremos, las arquitecturas de reclusión y los paraísos fortificados, se concretizan hoy en las pateras (depositarias de todos los modelos de segregación y exterminio) y en los microcosmos jet-set que aspiran a ser burbujas sin tiempo surfeando sobre las olas de la Historia, ajenos a su final.

Anna Adell

 

[1. Conocimos los dibujos del Arropiero en la exposición homónima (“Ríen los Dioses”) de Paula Rubio Infante (2013) ]

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