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La pintura como correlato de la conciencia

Paulo Escobar-Escorza

Paulo Escobar-Escorza

Durante décadas se pronosticó la obsolescencia de la pintura. Adalides del arte conceptual la equipararon al latín como “lengua muerta”. El tiempo ha desmentido tales presagios hasta el punto de que el lienzo se ha convertido en crisol de nuevas potencialidades expresivas. Uno de los caminos neo-pictóricos más sugerentes es quizás el que ensaya acercamientos fenomenológicos a la realidad.

Hablamos de tendencias pictóricas que indagan en la variedad sensitiva que nos constituye y abren interrogantes acerca de nuestra relación con el mundo. Para ello tienden a emular los efectos plásticos que producen los fallos técnicos en las tomas fotográficas: desenfoques, barridos, desencuadres, zooms excesivos, granos, rugosidades… Al apropiarse del lenguaje fotográfico en su vertiente puramente formal, desposeyéndolo de su función documental, artistas como Victor Pimstein, Eduard Resbier, Juan Gallego y Paulo Escobar-Elorza nos retrotraen de algún modo a un mundo pre-consciente, allí donde reposan cúmulos de sensaciones e imprecisiones de lo vivido. Regresan al mecanismo perceptivo en sí, al proceso intuitivo de aprehender las cosas, de verlas “aparecer” como fenómenos aún por concretar en fórmulas.

Hay en ello cierta voluntad de desmantelar las sucesivas capas que han ido sedimentándose en forma de construcciones culturales, interponiéndose entre la realidad y el sujeto. La pátina irreal que a menudo irradian las pinturas de estos artistas evoca el método fenomenológico en su búsqueda de intuiciones esenciales, obviando toda distinción entre realidad e imaginación, presencia y evocación.

La fotografía tiende a aplanar el mundo, a reducirlo a clichés e interpretaciones inapelables. La pintura fenomenológica plantea un retorno a lo real, a lo que subyace a toda representación, liberando esas imágenes cautivas del encuadre perfecto, devolviéndolas al flujo vital. Ante los rincones urbanos anónimos de Escobar-Elorza, las grisallas oníricas de Resbier, los “clichés de piasajes” de Pimstein y la abstracción floral de Gallego, el tema parece esfumarse bajo sucesivos velos hechos de sutiles pinceladas, siendo el proceso creativo en sí el verdadero motivo, orientado a suscitar sensaciones ambiguas sobre la versátil fragilidad cognitiva. Las imágenes se densifican y cobran vida, se reintegran al fluir de la conciencia, para la que el tiempo no es lineal ni el espacio homogéneo.

Juan Gallego (In/animados). ACCEDE A SUBASTA

Juan Gallego (In/animados). ACCEDE A SUBASTA

Cada artista se interna en los recovecos de la fenomenología perceptiva guiado por su propia bitácora. Difieren en inquietudes y expresiones plásticas, pero los cuatro escarban bajo la realidad estándar que los medios fílmicos y fotográficos del mainstream plasman. Logran que el espectador ingrese en un bucle de percepción que se despliega sobre cada lienzo, transfigurándolo con su propia visión.

No podemos ubicar en latitud geográfica alguna las escenas urbanas de Escobar-Elorza, y sin embargo ahondan en nuestro poso memorístico rescatando de él rastros de lo vivido, indiferenciado de lo soñado o experimentado en una sala de cine. Propone viajes a ninguna parte y a todo lugar, pues esas emergencias emborronadas, espejismos pictóricos, hacen tangibles los intangibles mecanismos de la conciencia, las itinerancias de la mente.

Juan Gallego flirtea con los recursos ópticos de la macrofotografía a modo de encuadres cerrados, ambivalencias tonales, enfoques precisos que resaltan los volúmenes junto a desenfoques que diluyen las formas. Transforma el dibujo con luz de la fotografía experimental en sensuales despliegues cromáticos al óleo. El género floral se transforma en sus manos en un audaz juego plástico, abriendo nuevas vías de conocimiento del mundo orgánico, colándose en la bisagra entre ensoñación y cientificismo, entre hiperrealidad y fabulación.

"Marshes" (Commonplaces). ACCEDE A SUBASTA

Victor Pimstein. “Marshes” (Commonplaces). ACCEDE A SUBASTA

Las composiciones de Victor Pimstein reducen las barreras interpuestas a la percepción. En su obra opera una regresión hacia estratos de experiencia aún no articulados, que emergen como vibraciones, barridos, reflujos… Pensamiento encarnado. Frente a la tiranía de la comprensión visual, espolea otros sentidos imbricándolos en el acto contemplativo. La realidad se abstrae de sí misma al salirse del marco. Se cuela por los márgenes, espacios inestables que burlan las falsas taxonomías ordenadoras del mundo. Nos emancipa de los hábitos perceptivos dominantes: en lugar de dirigir nuestra mirada, la impulsa a errar por la superficie del lienzo. No aspira a devolvernos una visión virginal, plagada como está de lugares comunes insoslayables, pero convierte esos clichés de segunda mano en experiencias directas, involucrando sensación y pensamiento.

De modo más o menos reiterado acuden a nuestra memoria flashes de un sueño reciente del que se escurre toda narrativa y sólo quedan sensaciones, imágenes fugaces. Las pinturas de Eduard Resbier nos remiten a este tipo de apariciones fantasmáticas: oscurece los bordes como si fueran películas antiguas, empaña la imagen haciéndola volátil como todo recuerdo, entromete lo imaginario en escenas que nos resultan familiares… En cada cuadro parecen intervenir múltiples estados de ánimo, solapándose tiempos y lugares, recuerdos y expectativas. Resbier incursiona en campos probabilísticos, en umbrales donde se cruzan azar y destino, la lógica científica y el ilógico mundo onírico.

Eduard Resbier (Campo de hielo II). ACCEDE A SUBASTA

Eduard Resbier (Campo de hielo II). ACCEDE A SUBASTA

En la metáfora del umbral, también presente en Pimstein, intuimos la voluntad de revelar la puesta en escena, los escenarios que usualmente se nos esconden como si fueran la realidad, las trampas que dificultan la aparición de las cosas en sí mismas. ¿Cómo dejar de ser espectadores de una realidad ya dada? Rasgando el telón, perforando la superficie satinada de las imágenes mediáticas, evidenciando sus grumos y su naturaleza alienante, parecen decir estos artistas. Sólo perdiéndonos podremos encontrarnos.

Lejos de deplorar la sensación de ingravidez contemporánea, estos artistas se arrojan al vacío sígnico. Destilan las imágenes heredadas haciendo emerger lo esencial hasta alcanzar un orden sensorial donde desaparecen las tensiones entre psique y soma, sujeto y objeto, abstracción y figuración. Reinventan nuevos modos de acceder al mundo, y encuentran su lugar más allá de demarcaciones culturales, geográficas o históricas. Pues las nociones estables de tiempo y espacio se vaciaron de sentido. Nos hacen experimentar un sosiego numinoso a partir de la realidad inmediata, propiciando incursiones espacio-temporales complejas.

Interesantes paradojas plantean estos artistas al tamizar la realidad a través de lo subjetivo para acabar despojando la visión de toda implicación personal, al subrayar la ausencia referencial para conjurar presencias en toda su intensidad potencial, al aprovechar el fracaso de la reproducción técnica de la realidad para hacer aflorar el acto perceptivo subyacente. La realidad se manifiesta como un enigma, como una telaraña intersubjetiva que atrapa pintor y receptor en una visión integral conformada por miríadas de aperturas microsensitivas.

Anna Adell

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