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Escuela francesa de mediados del siglo XIX. “Via Crucis”.

Escuela francesa siglo XIX.

 

Lote en subasta:

Escuela francesa mediados del siglo XIX.
“Via Crucis”.
Conjunto de catorce óleos sobre tabla. 
Con inscripciones del primer propietario: “Alcan à Paris (Propriété) 1879” y “Alcan à Paris”.
117 x 84 cm (cada tabla); 136 x 100 cm (marcos).

 

El “Via Crucis” o Camino de la Cruz refiere las diferentes etapas y momentos vividos por Jesucristo desde el momento en que fue aprehendido hasta su crucifixión y sepultura. Teológicamente, se trata de un camino de oración, que busca adentrar al fiel en la meditación de Jesús en su camino al Calvario. Se representa con una serie de imágenes de la Pasión o “Estaciones”, en total catorce, que son las aquí representadas por orden. En primer lugar, Jesús es condenado a muerte; en la imagen lo vemos siendo llevado por los soldados, con la figura de Pilatos detrás, lavándose las manos. A continuación, Jesús carga con la cruz. La tercera, Jesús cae por primera vez y, como aquí vemos, es azotado por los soldados. La cuarta estación es aquella en la que se encuentra con su madre, María. La quinta, en la que Simón el Cireneo le ayuda a portar la cruz. En la sexta, Verónica limpia su rostro, quedando en el paño marcada la Santa Faz. En la séptima, Jesús cae por segunda vez, y en la octava consuela a las mujeres de Jerusalén. En la novena estación Jesús cae por tercera vez, y en la décima es despojado de sus vestiduras. En la undécima es clavado en la cruz, y su muerte en ella supone la duodécima estación. En las dos últimas, Jesús es bajado de la cruz y puesto en brazos de su madre (imagen de la Piedad), y finalmente es sepultado.

 
En esta serie de catorce tablas, el Via Crucis completo, el autor realiza un magnífico trabajo de narración, cuidando los detalles que aportan realismo a la historia, casi como un guiño al clasicismo barroco, aunque sin desviarse demasiado del camino neoclásico imperante en el momento. Así, vemos un estilo claramente deudor del barroco, como es corriente dentro de las obras religiosas de este momento, pero que sin embargo revela un gusto ya diferente, moderno, de influencia neoclásica. A nivel formal, esto es especialmente patente en el predominio del dibujo sobre el color, principio básico del clasicismo. Además, es un dibujo académico, de magnífica corrección, riguroso y limpio, que se complementa con un cromatismo contenido y magníficamente entonado, como se aprecia especialmente en algunas tablas (“Cristo es condenado a muerte”, “Cristo carga con la cruz” y otras). De hecho, en todas las tablas la paleta gira en torno a los mismos tonos, principalmente carmines, azules, ocres y verdes, con grises y blancos para los fondos. Esta uniformidad tonal sirve para unir visualmente las catorce tablas, aportando así unidad al conjunto. Otro elemento clave en esta monumental obra es el magistral tratamiento anatómico, de raíz clásica, con figuras monumentales (especialmente las de Cristo y la Virgen María), y algunas claramente inspiradas en la estatuaria clásica, como es el caso del soldado que desviste a Cristo para que éste tome la cruz. Finalmente cabe destacar la importancia expresiva de los rostros, que revelan sus emociones con la contención propia del neoclasicismo, conmoviendo el ánimo del fiel sin necesidad de recurrir al patetismo más propio del barroco. Esto se debe al cambio de mentalidad, a que el siglo XIX es un momento de religiosidad entendida de un modo más íntimo, más privado, alejado de los grandes escenarios dramáticos de los siglos anteriores.

 

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