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Del reciclaje como “bella arte”

Kurt Schwitters. Merzbau Hannover.

Kurt Schwitters. Merzbau Hannover.

El reciclaje artístico es hoy una práctica extendida, sea como recurso ocasional de un escultor que echa mano de elementos usados para integrarlos a sus piezas, bien como opción conceptual vinculada al legado del objet trouvé duchampiano, o derivando hacia un tipo de arte ecológico emparentado con el legado de artistas pioneros en la reivindicación medioambiental (recuérdese la propuesta de Joseph Beuys de plantar 7000 robles en Documenta 7 de Kassel).

En los últimos años han proliferado las revisiones de movimientos artísticos que asumieron el reciclaje como arma creativa y como advertencia ante las consecuencias del consumismo exacerbado. Podemos citar la exposición que Kunstmuseum Basel dedicara al Arte Povera el año pasado, o las retrospectivas realizadas sobre algunos de sus miembros en el Reina Sofía (Kounellis, Luciano Fabro…)

En los años sesenta, varios artistas italianos emprendieron caminos afines en la reanudación de los vínculos entre el homo faber y el entorno natural. Germano Celant los puso bajo el paraguas terminológico de arte povera.

Pero en realidad esos vínculos ya habían empezado a romperse desde las postrimerías del siglo XIX, con el auge de la industrialización. La sociedad industrial aliena al hombre del medio natural al tiempo que la producción en masa genera cada vez más residuos.

Ferdinand Cheval.Palais Ideal

Ferdinand Cheval.Palais Ideal

En la primera mitad del XX, algunos espíritus singulares empiezan a conjurar ambos aspectos en propuestas que revolucionan el concepto del arte, como fue el caso de Kurt Schwitters y la transformación de su hogar en una escultura viva por el paulatino assemblage de piezas recuperadas que conformaban grutas, cavernas, recovecos in crescendo.

El art brut también contribuyó a elevar el desecho a un nivel artístico, pues dándole cuerpo teórico Dubuffet dio a conocer una serie de creaciones que sin él y sin la posterior reivindicación del outsider art hubieran quedado al margen de la historia del arte. Con décadas de antelación a la vanguardia oficial, el artista marginal Simon Rodia empezó a construir sus míticas torres monumentales hechas de hacinamientos de botellas de Coca-Cola, conchas marinas y cañerías (Watts Towers, 1921-1949). Otro visionario del reciclaje imbuido de tintes sacros fue Ferdinand Cheval, en cuyo Palais Ideal, reverenciado después por los surrealistas, se aprecia un cierto sincretismo entre la mística hindú y la cristiana.

Allan Kaprow. Yard1961

Allan Kaprow. Yard1961

Mientras que el ready-made de Duchamp inauguró la reutilización de objetos cotidianos como pieza de arte por su mera inclusión en las salas de un museo, los creadores de ambientes precursores del povera iniciaron el camino inverso: la expansión del reciclaje como arte fuera del museo.

En la práctica ambas líneas confluyeron en movimientos como Fluxus, y siguen haciéndolo en el arte contemporáneo, ejemplificando la amplia gama de intenciones que puede abarcar el hecho de trabajar con basura.

Fluxus supuso un revulsivo post-dadá contra la industria televisiva que por entonces empezaba a invadir los hogares de clase media. Wolf Vostell diseccionaba aparatos de televisión en happenings ritualíticos, les organizaba sepelios o alteraba las señales electrónicas, exorcizando mediante acciones de destrucción creativa los males que la cultura del espectáculo infligía en la sociedad.

Francis Alÿs. The Collector 1990-92.

Francis Alÿs. The Collector 1990-92.

Otro componente de Fluxus, Allan Kaprow, reutilizó también objetos cotidianos en sus intervenciones, pero con otros fines: al invadir la calle con cientos de neumáticos usados o al invitar a los amigos a sacar a pasear sus zapatos con una correa, lo que proponía era recuperar para el transeúnte el espacio público y concretizar su idea de arte como experiencia compartida. En definitiva, enlazar el arte y la vida.

La citada acción (Taking a shoe for a walk) nos remite a otra, en este caso de Francis Alÿs. Como heredero de las derivas situacionistas, Alÿs ha deambulado por las calles de Ciudad de México como turista excéntrico de múltiples maneras pero siempre estableciendo algún guiño con idiosincrasias locales. En uno de sus paseos, se acompañaba de un perrito hecho con latas y dotado de imanes que iba adhiriendo los desperdicios metálicos que encontraba a su paso.

Cuando en España aún nadie se preocupaba por clasificar los desechos, en México miles de personas ya se dedicaban de modo autodidacta y por suma necesidad a reciclar para ganarse cuatro chavos con el intercambio. Se les llama pepenadores, vocablo de etimología nahuatl, pues suelen ser los migrantes indígenas los que se ven abocados a revolver basura como modus vivendi.

Klaus Pichler

Klaus Pichler

Embellecer los residuos es un modo de invertir su efecto. Klaus Pichler fotografía comida en estado de descomposición estilizando su aspecto: el moho azulado que jaspea los productos, su presentación en fuentes de plata y cristal límpido recortándose sobre un fondo negro, despiertan reacciones ambiguas, entre la repulsa y la persuasión. Su intención es obvia: “exponer la contradicción entre la belleza de los productos alimenticios y la horrible realidad del sobreconsumo y el desperdicio”, señala el propio artista.

Otros trabajos, como la de la documentalista Cosima Dannoritzer, dan visibilidad a las estrategias de las industrias tecnológicas para obligar al sobreconsumo, como es el caso de la obsolescencia programada y el consecuente incremento de la basura electrónica.

La crisis ha moderado la avidez consumista al tiempo que obliga a espolear la creatividad y el sentido crítico. Festivales como Drap’Art (que se celebra anualmente en el CCCB de Barcelona) dan cuenta de ello. Pero da la impresión que las iniciativas tipo Día Internacional del Reciclaje funcionan como almohadas en las que reposan las conciencias de unos mientras que los otros siguen vertiendo impunemente residuos en tierras ajenas, hasta el punto que empieza a divisarse un nuevo continente en medio del Pacífico. Lo llaman Garbage Patch, no man’s land en la que ningún país tratará de plantar bandera.

Anna Adell

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