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ROLDÁN Y MARTÍNEZ, José (Sevilla, 1808 – 1871). “La limosna”.

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ROLDÁN Y MARTÍNEZ, José (Sevilla, 1808 – 1871).
“La limosna”.

Óleo sobre lienzo.

Firmado en el ángulo inferior izquierdo.
Medidas: 83,5 x 62 cm; 100 x 78,5 cm (marco).

Pintor y copista sevillano, José Roldán realizó principalmente retratos en miniatura sobre marfil y copias de Murillo, aunque también abordó la pintura de caballete con escenas originales. Fue profesor y, más tarde, director de la Escuela de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, en Sevilla. Fue asimismo representante de la Academia de San Fernando de Madrid en la Comisión de Monumentos Históricos y Artísticos de Sevilla. Por otra parte, participó con asiduidad en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes, donde consiguió medalla de tercera clase en tres ocasiones: 1858, por “La caridad”; 1860, por “Una misa”; y 1862, por “Los pilluelos de Sevilla”, ejemplo significativo del costumbrismo romántico andaluz inspirado en los pícaros de Murillo. En su producción cabe destacar también “Los caballistas”, retrato ecuestre doble del marqués de la Motilla y del conde del Águila, versión reducida del existente en la colección del marqués de la Motilla en Sevilla. Actualmente José Roldán está representado en el Museo del Prado, el de l’Empordà en Figueras, el de Bellas Artes de Granada y el de Cáceres, entre otras colecciones tanto públicas como privadas.
Esta obra se inscribe dentro del costumbrismo sevillano, y está protagonizado por un mendigo que recibe la limosna que le da un niño a través de la reja de su ventana, mientras su madre lo aúpa y contempla al hombre con mirada seria. La escena se sitúa en una calle, ricamente detallada aunque difuminada por efecto de la distancia.De hecho, el primer término está perfectamente definido, en contraste con el fondo, un recurso escenográfico de herencia romántica que refuerza la ilusión de realidad y la construcción en profundidad del espacio.
Tradicionalmente, la pintura y la literatura españolas se han interesado por las costumbres y los tipos populares. La llegada del romanticismo vivificó esta corriente, aportando a la tradición hispana la visión que los extranjeros tenían de nuestro pueblo, debido al esnobismo de una burguesía nacional europeizante y liberal que, también por influencia extranjera y bajo la moda romántica, vuelve los ojos al pueblo y los monumentos del pasado. Esto, general en toda España, se dará preferentemente en lo andaluz, por ser esta tierra meta soñada de los extranjeros, y donde se tuvo que dejar sentir más fuertemente el influjo de la visión que tenían del español y sus peculiares costumbres.Así, de las dos escuelas costumbristas fundamentales, la sevillana incide en un pintoresquismo amable y folclórico, alejado de cualquier intento de crítica social; por su parte, la madrileña es más acre y dura, llegando en ocasiones a mostrar no sólo lo vulgar, sino incluso recreándose en visiones desgarradas de un mundo tópico barriobajero, en el que el ánimo de crítica es evidente. A los precursores gaditanos Juan Rodríguez y Jiménez (1765-1830) y Joaquín Manuel Fernández Cruzado (1781-1856) siguió un espléndido desarrollo de la escuela de Sevilla, donde parece que jugó papel importante la influencia extranjera, debido a la afluencia de artistas y viajeros a la ciudad, y por el interés de la clientela foránea por las tópicas escenitas costumbristas españolas. Este hecho queda corroborado por la clientela artística extranjera que tuvieron los pequeños y amables cuadros costumbristas del que fuese uno de sus iniciadores, José Domínguez Bécquer (1805-1841), creador y formulador, en gran medida, de esta temática, siendo maestro de numerosos discípulos, y padre del poeta Gustavo Adolfo y del pintor Valeriano, autor de tipos y escenas populares (“La Cruz de Mayo”, colección particular).También jugó importante papel en la creación y formulación del costumbrismo sevillano Antonio Cabral Bejarano (1788-1861), quien insiste, más que en las escenas, en las figuras aisladas, con cierta teatralidad, fondos paisajísticos de sabor local y vaporosa atmósfera murillesca (“Un majo y Una maja”, colección Bosch, Barcelona).

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